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El Obispo Vasco de Quiroga eligió a Pátzcuaro para ser la capital de la provincia y sede del obispado michoacano. A Pátzcuaro le concede el título de Ciudad de Mechuacan [sic] el rey Carlos I de España y V de Alemania. El poblado se instaló en el extremo sur del Lago de Pátzcuaro, cerca de las faldas de un pequeño y extinto volcán conocido como el Estribo Grande. Aunque
se pretendió darle al asentamiento una cierta estructura reticular típica
del tablero de ajedrez, fue necesario que ésta se adaptara a las irregularidades
del terreno, conformándose entonces una interesante combinación de dos
tipos de traza urbana, en donde las manzanas no eran del todo regulares
y las calles a menudo desembocaban en edificios públicos o religiosos.
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Hablar
de esta hermosa ciudad virreinal es estar en contacto con uno de los proyectos
más importantes y significativos de la Iglesia Católica: la creación de
una utopía. La ciudad de Pátzcuaro fue concebida
en un sentido humanista ya que sus edificios se mezclan y forman parte
del entorno donde ninguno sobresale. La iglesia con esa idea tiene dimensiones
humanas para que el devoto no se sintiera pequeño, si no parte de la Iglesia
de Cristo, se buscaba que la iglesia fuera parte del resto de los edificios,
donde el núcleo principal lo forman el hospital y la plaza. |
En sus calles pueden verse edificios del siglo XVI conviviendo con otros de los siglos XVII y XVIII, casi todos con un común denominador en sus elementos de construcción: el adobe, el tejamanil y la madera. Al recorrer la ciudad por sus calles empedradas y pilas antiguas de repente uno puede tener la vista del Lago de Pátzcuaro y de la isla de Janitzio; por otra calle pueden verse hermosas montañas verdes y cielos con distintos tonos de azul. |
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